El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Al instante, aquel súbito acceso de energÃa se esfumó, y su hablar dominante y lleno de sentido degeneró en el vago murmullo de una persona medio delirante.
Desde el escondrijo en el que tan rápidamente me habÃan hecho introducirme, oà los pasos en la escalera y el abrirse y cerrarse de la puerta de la alcoba. A continuación, con gran sorpresa por mi parte, hubo un prolongado silencio, roto tan sólo por la respiración jadeante del enfermo. Me imaginé que el visitante estarÃa de pie junto a la cama, examinando al paciente.
—¡Holmes! ¡Holmes! —llamó el recién llegado, en el tono insistente que se utiliza para despertar a una persona dormida—. ¿Puede oÃrme, Holmes?
Se oyó un roce, como si estuviera sacudiendo violentamente al enfermo por el hombro.
—¿Es usted, señor Smith? —murmuró Holmes—. TenÃa pocas esperanzas de que viniese.
El otro se echó a reÃr.
—Ya me lo imagino —dijo—. Y sin embargo, ya lo ve, he venido. ¡Es usted un malpensado, Holmes, un malpensado!
—Es usted muy amable…, muy generoso… Tengo en gran estima sus conocimientos.
Nuestro visitante soltó otra risita.
—¿SÃ, eh? Por suerte, es usted el único en Londres que los sabe apreciar. ¿Sabe usted qué es lo que le pasa?