El Valle del terror

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He dicho ya que el jardín se hallaba todo él rodeado de un adorno de tejos. Éstos se espesaban hasta convertirse en un seto continuo en la extremidad más alejada de la casa. Al otro lado de este seto, oculto a los ojos de quienes viniesen desde la casa, había un banco de piedra. Al acercarme yo a aquel lugar oí voces, la voz profunda de un hombre que pronunciaba algunas frases, y un pequeño tintineo de risa femenina que le contestaba. Un instante después, al doblar el extremo del seto, mis ojos se posaron en mistress Douglas y en Barker antes que ellos advirtiesen mi presencia. El cuadro que ofrecían me produjo una sorpresa desagradable. Aquella mujer había estado en el comedor discreta y recatada. Pero en este momento había dejado a un lado toda simulación de dolor. Sus ojos brillaban con la alegría de vivir, y su cara se estremecía aún, divertida por algún comentario hecho por su compañero. Éste se hallaba con el busto echado hacia adelante, las manos entrelazadas y los antebrazos descansando en las rodillas; y en su rostro, hermoso y audaz, una sonrisa a tono con la de mistress Douglas. Repentinamente (pero un instante, tan sólo un instante, demasiado tarde), al ponerme yo a su vista, volvieron a revestirse de sus máscaras de solemnidad. Cruzaron entre ellos un par de frases apresuradas, se puso Barker en pie y vino hacía mí.

—Perdone, señor —me dijo—. Es el doctor Watson con quien estoy hablando, ¿verdad?


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