El Valle del terror

El Valle del terror

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—¡De ninguna manera! Oscuridad y el paraguas del doctor Watson. Mis necesidades son sencillas. También Ames (el leal Ames) se hará el desentendido en obsequio mío. Todas las líneas de mis razonamientos me hacen retroceder de manera invariable a una sola pregunta fundamental, a saber: ¿por qué un atleta se dedica a desarrollar su cuerpo valiéndose de un instrumento tan absurdo como es el de una sola pesa de gimnasia?

***

Holmes regresó aquella noche ya muy tarde de su excursión solitaria. Dormíamos él y yo en una habitación de dos camas, que constituía el mejor acomodo que pudo ofrecernos el pequeño mesón campesino. Yo estaba dormido y la entrada de Holmes me despertó a medias.

—¿Descubrió usted algo, Holmes? —murmuré.

Mi amigo estaba junto a mí en silencio, con su palmatoria en la mano. De pronto su figura alta y enjuta se inclinó, y me cuchicheo:

—Escuche, Watson. ¿No le asusta dormir en una misma habitación con un lunático, con un hombre cuyo cerebro blandea, con un idiota cuya inteligencia ha perdido ya su fuerza?

—No me asusta, ni mucho menos —le contesté con asombro.

—¡Qué suerte! —dijo, y no volvió a pronunciar una palabra aquella noche.


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