El Valle del terror
El Valle del terror —Bien, caballeros —dijo mi amigo con gran seriedad—. Ahora yo les pido que pongamos todos nuestras ideas a prueba, y ustedes juzgarán por sà mismos si las observaciones hechas por mà justifican las conclusiones a que he llegado. La tarde es frÃa y no sé cuánto tiempo durará nuestra expedición; por eso les pido que se vistan sus ropas de más abrigo. Es de máxima importancia que estemos en nuestros puestos antes que oscurezca del todo. Por eso, y con su permiso, nos pondremos ahora mismo en camino.
Caminamos por los lÃmites exteriores del parque de la casa solariega hasta que llegamos a un lugar donde habÃa una abertura en la reja que lo cercaba. Por aquel hueco penetramos furtivamente, y luego, en medio de la oscuridad cada vez más cerrada, seguimos a Holmes hasta llegar a un arbustal situado casi frente por frente de la puerta principal y del puente levadizo. Este último no habÃa sido alzado todavÃa. Holmes se agazapo detrás de una cortina de laureles, y todos nosotros imitamos su ejemplo.
—¿Y qué hemos de hacer ahora? —preguntó McDonald, algo gruñón.
—Revestir de paciencia nuestras almas y hacer el menor ruido posible —le contesto Holmes.
—¿Qué venimos a buscar aquà en resumidas cuentas? Creo verdaderamente que usted podrÃa tratarnos con mayor franqueza.