El Valle del terror
El Valle del terror Por lo que a él se referÃa, cualquier actuación encontraba cerrado el paso de una manera definitiva, bastando echar una ojeada a su cara de granito para darse cuenta de que ninguna peine, forte et dure, lograrÃa jamás obligarle a suplicar, contrariando su voluntad. Sin embargo, el punto muerto al que se habÃa llegado fue roto por una voz de mujer. Mistress Douglas, que habÃa permanecido escuchando junto a la puerta a medio abrir, entró en la habitación.
—Cecil, ya has hecho bastante por nosotros —dijo—. Ocurra lo que ocurra en lo por venir, tú has hecho ya bastante.
—Bastante y más que bastante —dijo Sherlock Holmes con gravedad—. Siento por usted, señora, las mayores simpatÃas, y yo la instarÃa fuertemente a que tenga un poco de fe en el buen sentido de la gente de nuestro fuero y a que ponga de una manera voluntaria a la PolicÃa al comente de todos sus secretos. Quizá sea yo merecedor de censura por no haber atendido la sugerencia que usted me hizo llegar por intermedio de mi amigo el doctor Watson, pero en aquel entonces tenÃa yo toda clase de motivos para creer que usted se hallaba directamente complicada en el crimen. Ahora estoy seguro de que no es asÃ. Al mismo tiempo, quedan todavÃa sin explicar muchas cosas, y yo le recomendarÃa con el mayor ahÃnco que pida usted a mistar Douglas que nos haga él mismo su propio relato.