El Valle del terror
El Valle del terror Al escuchar las frases de Holmes, mistress Douglas dejó escapar una exclamación de asombro. Seguramente que los detectives y yo le hicimos eco, y en ese instante advertimos la presencia de un hombre que parecía haber surgido de la pared y que se adelantaba hacia nosotros desde el oscuro rincón donde había aparecido. Mistress Douglas se volvió, y un instante después lo rodeaba con sus brazos. Barker estrechó la mano que él le tendía.
—Es mejor así, Jack —repetía una y otra vez su esposa—. Estoy convencida de que es mejor así.
—De verdad, míster Douglas —decía Sherlock Holmes—. Ya verá cómo le resulta mejor.
El hombre nos miraba parpadeando, con la expresión deslumbrada de quien sale de la oscuridad a la luz. Era el suyo un rostro por demás notable: ojos grises, de mirar resuelto, bigote fuerte, entrecano, recortado, barbilla cuadrada y saliente y boca de expresión voluntariosa. Nos contempló durante un buen rato, y de pronto, con gran asombro mío, avanzó hacia mí y me entregó un fajo de papeles.