El Valle del terror
El Valle del terror Cuando salieron del andén, fueron saludados con un coro de voces amistosas que les daban las buenas noches. Aun antes de poner por vez primera el pie en la ciudad, el turbulento McMurdo se había convertido en un personaje popular de Vermissa.
La región resultaba un lugar de terror, pero la ciudad era, dentro de su estilo, todavía más deprimente. A lo largo de aquel valle se advertía por lo menos cierta tétrica grandeza en las ingentes hogueras y en las nubes flotantes de humo, en tanto que las montañas que el hombre había vaciado junto a sus monstruosas excavaciones constituían dignos monumentos de su energía y de su actividad. Pero en la población se advertía un monótono nivel de mezquina fealdad y suciedad. El tráfico habla convertido la ancha calle en una masa de nieve fangosa cortada horriblemente de huellas de ruedas. Los caminos laterales eran estrechos y escabrosos. Los numerosos faroles de gas servían únicamente para que se distinguiese con mayor claridad una larga hilera de casas de madera, todas con su terraza que daba a la calle, desaseadas y sucias. Al acercarse al centro de la ciudad, se alegraba el escenario con una fila de tiendas bien iluminadas y todavía más por un apretado grupo de salones de beber y de casas de juego, en las que los mineros gastaban sus jornales espléndidos, pero bien ganados.