El Valle del terror
El Valle del terror Era una mujer joven y de singular belleza. TenÃa tipo de sueca, rubia y de blanco cutis, lo que formaba llamativo contraste con sus ojazos negros. Con ellos examinó sorprendida al desconocido, y la sorpresa y agradable embarazo que su vista le produjo hicieron que una oleada de sonrojo cubriese su pálido rostro. Viéndola dentro del cuadro de brillante luminosidad que se proyectaba por la puerta abierta, pensó McMurdo que jamás habÃa visto nada más maravilloso, y le resultó aún más atractivo por el contraste con aquellos alrededores lúgubres y sórdidos. No se habrÃa sorprendido más si hubiese encontrado una encantadora mata de violetas creciendo lozana en aquellos montones de negras escorias de las minas. Tan encantado estaba, que se quedó contemplándola sin decir palabra, y fue ella la que rompió el silencio:
—Creà que era mi padre —dijo con un leve y agradable dejo, propio del sueco—. ¿Viene usted en su busca? Está en el barrio comercial. Lo espero de un momento a otro.
McMurdo siguió mirándola fijamente y con no disimulada admiración, hasta que ella bajó los ojos, llena de confusión, ante aquel dominador visitante.
—Señorita, no tengo ninguna prisa por verlo. Es el caso que alguien me recomendó esta casa para que tomase pensión en ella. Creà que quizá me conviniese, pero ahora estoy seguro de que me convendrá.