El Valle del terror
El Valle del terror —Es usted rápido en formar sus juicios —le contestó ella, sonriente.
—Cualquiera haría lo mismo que yo si no era ciego —replicó él.
La joven se echó a reír ante aquel piropo, y dijo:
—Entre, señor. Yo soy miss Ettie Shafter, hija del dueño. Mi madre murió, y yo gobierno la casa. Puede usted esperar en la habitación delantera sentado junto a la estufa hasta que llegue mi padre. ¡Ahí llega ya! Puede, pues, arreglarlo todo con él ahora mismo.
Por el sendero avanzaba un hombre anciano y robusto. McMurdo le explicó en pocas palabras lo que deseaba. Un individuo que se apellidaba Murphy le había dado en Chicago su dirección, y al tal Murphy se la había dado otra persona. El viejo Shafter no tenía inconveniente. El forastero no hizo ascos a las condiciones, las aceptó todas y parecía andar bastante bien de dinero. Le darían habitación y comida por doce dólares semanales, pagaderos por adelantado. Y así fue cómo McMurdo, que se había confesado fugitivo de la justicia, se cobijó bajo el techo de los Shafters, siendo ese primer paso el que había de conducirlo a un largo y oscuro cortejo de acontecimientos, que terminarían en un país muy lejano.