El Valle del terror
El Valle del terror Dejó ver con toda claridad desde el primer momento, en su franca admiración, que la hija de la casa había conquistado su corazón en el instante mismo en que puso sus ojos en la belleza y en la gracia de la joven. No era un cortejante tímido. Al segundo día le dijo que la amaba, y desde ese momento no hizo sino repetir la misma afirmación, sin preocuparse para nada de todo lo que ella le decía para desanimarlo.
—Qué, ¿hay «algún otro»? —exclamaba él—. ¡Tanto peor para ese «algún otro»! ¡Déjelo que mire por sí mismo! ¿Voy yo a perder la gran oportunidad de mi vida y todo el afán de mi corazón por «algún otro»? Puede usted seguir repitiendo: «¡No!». Algún día dirá usted, Ettie, que sí. Como soy joven, puedo esperar.