El Valle del terror
El Valle del terror Con su facundia irlandesa y sus maneras adulonas y simpáticas era un pretendiente peligroso. Rodeábalo también el brillo de su experiencia de la vida y el misterio que despierta el interés de las mujeres y acaba despertando su amor. Sabía hablar de los encantadores valles del Condado de Monagham, de donde había nacido; de la dulce isla lejana, de las colinas poco elevadas y de los verdes prados, que parecían todavía más hermosos vistos con la imaginación desde aquella región de mugre y de nieve. Conocía además la vida de las ciudades del Norte, de Detroit y de los campamentos madereros de Michigan, de Buffalo y, por último, de Chicago, ciudad donde había trabajado en un aserradero. Vino después el apunte de lo novelesco, la sensación de que le habían ocurrido cosas extraordinarias en aquella gran ciudad, cosas tan extraordinarias y tan íntimas, que no era posible hablar de ellas. Charló animadamente de una marcha súbita, de viejos lazos rotos, de la fuga a un mundo desconocido que acabó en aquel valle de desolación. Ettie le escuchaba y sus negros ojos se encendían de compasión y de simpatía; cualidades que pueden rápidamente y con toda naturalidad trocarse en amor.