El Valle del terror
El Valle del terror —Desde hace más de dos años soy miembro de una logia, Scanlan, y nunca oà que esa obligación fuese tan apremiante como dice.
—Quizá no lo sea en Chicago.
—La logia de aquà es de la misma Orden que la de allÃ.
—Ah, ¿sÃ? —Scanlan clavó en él una larga mirada. Sus ojos tenÃan algo de siniestro.
—¿O es que no lo es?
—Ya me lo dirá dentro de un mes. Me contaron que tuvo usted un altercado con la pareja de guardias después de apearme yo del tren.
—¿Quién se lo contó?
—Corrió la voz. En esta región corre la voz de todo lo que ocurre, para bien o para mal.
—SÃ. Les dije a esos perros lo que pensaba de ellos.
—¡Por vida mÃa, que usted le va a resultar a McGinty un hombre a la medida de sus deseos!
—¿Qué? ¿Él también aborrece a la PolicÃa?
Scanlan estalló en una carcajada. Luego, al despedirse, dijo:
—Vaya a visitarlo, muchacho. Si no lo hace usted, a quien él aborrecerá será a usted y no a la PolicÃa. Siga el consejo de un amigo, y acuda a él inmediatamente.