El Valle del terror

El Valle del terror

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Y dio la casualidad de que McMurdo tuvo aquella noche otra entrevista más apremiante que lo empujó hacia la misma dirección. Ya fuese porque sus galanterías para con Ettie hubiesen sido cada vez más evidentes, o porque la lenta comprensión de su buen posadero sueco reparó gradualmente en ella (o por lo que fuese), el dueño de la casa de pensión invitó al joven a pasar a su habitación particular y abordó el asunto sin rodeos, diciéndole:

—Me parece, señor, que usted hace la corte a mi Ettie. ¿Es así, o estoy equivocado?

—No, no está usted equivocado —contestó el joven.

—Pues entonces, yo quiero decirle, desde ahora mismo, que es tiempo perdido. Alguien se le adelantó.

—Ya me lo dijo ella.

—Pues tenga la seguridad de que le dijo la verdad. ¿Y le dijo también quién es él?

—No; se lo pregunté, pero se negó a revelármelo.

—Claro que se negaría, la muy pelleja. Quizá no quiso asustarlo.

—¡Asustarme! —le bastó un momento a McMurdo para enfurecerse.

—Sí, amigo mío, y no tiene por qué avergonzarse de tenerle miedo a él. Es Teddy Baldwin.

—¿Y quién es el tal Teddy Baldwin?


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