El Valle del terror
El Valle del terror McMurdo se rio amargamente.
—¡Santo Dios, y qué poco me conoces! Tu alma inocente, encanto mÃo, no puede ni siquiera imaginarse lo que está pasando dentro de la mÃa. Pero, hola ¿quién es el visitante? La puerta se habÃa abierto súbitamente, y un hombre joven entró dándose tono y con aires de ser allà el amo. Era hermoso y decidido, y tenÃa, más o menos, la edad y la corpulencia del mismo McMurdo. Bajo el negro sombrero de fieltro de anchas alas, que no se habÃa molestado en quitarse, un rostro de bellas facciones, de ojos dominadores y agresivos y de nariz encorvada como pico de halcón, miraba salvajemente a la pareja sentada junto a la estufa.
Ettie se habÃa puesto vivamente en pie, llena de confusión y de alarma.
—Me alegro de verle, mÃster Baldwin —dijo la joven—. Llega usted más pronto de lo que esperaba. Venga y siéntese.
Baldwin, con las manos en jarras, miraba a McMurdo, y preguntó con sequedad:
—¿Quién es éste?
—Es un amigo mÃo, mÃster Baldwin, un nuevo huésped. MÃster McMurdo, ¿me permite que le presente a mÃster Baldwin?
Los jóvenes se saludaron, huraños, con una inclinación de cabeza.