El Valle del terror
El Valle del terror Esto ocurrÃa a finales del decenio ochenta y tantos, cuando Alee McDonald tenÃa que andar aún mucho para alcanzar la celebridad nacional de que actualmente goza. Era un miembro joven, pero merecedor de confianza del detectivismo oficial, que se habÃa distinguido en varios casos que le habÃan sido encomendados. Su figura alta y huesuda delataba fuerza fÃsica excepcional, mientras que su cráneo voluminoso y sus ojos hundidos y brillantes proclamaban, con no menor claridad, la viva inteligencia que se proyectaba desde detrás de sus pobladas cejas. Era hombre callado y exacto, obstinado y con fuerte acento del norte de Escocia. Por dos veces le habÃa ayudado ya Holmes en su carrera para conseguir el éxito, considerándose él mismo premiado con el gozo intelectual del problema. Por esta razón sentÃa el escocés un afecto y un respeto profundos hacia su colega aficionado, y se los demostraba con su franqueza en acudir a Holmes en las dificultades. Los hombres mediocres no reconocen a nadie por encima dé ellos, pero los de talento reconocen en seguida al hombre genial. McDonald tenÃa talento suficiente como profesional para comprender que no existÃa humillación alguna en buscar la ayuda de quien era ya una personalidad única en Europa, tanto por su talento como por su experiencia. Holmes no era hombre inclinado a la amistad, pero era tolerante con el grandullón escocés, y sonrió al verlo.