El Valle del terror
El Valle del terror —No tuve más remedio. Después de oírle expresarse a usted me creí en el deber de ir a visitarlo. Charlamos un rato de eclipses (sin que yo me explique cómo la conversación se desvió por ese camino), y él sacó una linterna de foco y una esfera y me lo aclaró todo en un minuto. Me prestó un libro, pero no tengo inconveniente en declarar que lo encontré algo por encima de mi cerebro, a pesar de que tengo recibida una buena educación en Aberdeen. Ese hombre habría podido ser un estupendo ministro, con su rostro enjuto, sus cabellos grises y su solemnidad al hablar. Al despedimos me puso la mano sobre el hombro, igual que un padre que bendice a su hijo antes que éste salga a vivir entre el mundo frío y cruel.
Holmes gorgoriteó de risa y se frotó las manos, diciendo:
—Estupendo. Estupendo. Dígame, amigo McDonald: esa entrevista tan grata y conmmovedora, ¿tuvo lugar en el estudio del profesor?
—Así es.
—Hermosa habitación, ¿verdad?
—Hermosísima, hermosísima de veras, Holmes.
—¿Estuvo usted sentado delante de su mesa-escritorio?
—Precisamente.
—¿Dándole a usted el sol en los ojos y él con la cara a la sombra?