El Valle del terror
El Valle del terror —Si es eso lo que tiene usted contra él —gritó McGinty, rompiendo a reÃr— puede ahorrare mucho trabajo dejando a un lado la cosa ahora mismo. Este hombre estuvo en mi salón jugando al póquer hasta la medianoche, y puedo presentar una docena de testigos para demostrarlo.
—Eso es asunto suyo, y creo que puede usted arreglarlo mañana con el juez. Mientras tanto, vamos, McMurdo, y camine tranquilo, si no quiere encontrarse con un culatazo en la cabeza. Usted, mÃster McGinty, hágase a un lado, porque le advierto que no tolero resistencia cuando estoy cumpliendo con un deber.
La expresión del capitán era tan resuelta, que lo mismo McMurdo que el mandamás se vieron obligados a aceptar la situación. Este último se las arregló para cuchichear unas palabras, al preso antes que se marchase.
—¿Y qué hay de…? —dijo, dando un respingo con el pulgar hacia arriba, para darle a entender que hablaba del herramental para falsificar dinero.
—No hay cuidado —le contestó por lo bajo McMurdo, que habÃa dispuesto un escondite seguro debajo del entarimado.
—Adiós, entonces —dijo McGinty, estrechándole la mano—. Me entrevistaré con Reilly, el abogado, y correré con los gastos de la defensa. Esté seguro de que no podrán mantenerlo preso.