El Valle del terror
El Valle del terror —Yo no apostarÃa nada. Vosotros dos estad al cuidado del preso, y si intenta cualquier jugarreta, disparáis. Registraré la casa antes de marcharme.
Asà lo hizo Marvin; pero, por lo visto, no descubrió rastro alguno del herramental oculto. Luego bajó a la calle, y él y sus hombres escoltaron a McMurdo hasta la Jefatura de PolicÃa. La noche habÃa cerrado, y soplaba un viento cortante: las calles estaban casi desiertas, pero no faltaron algunos desocupados que siguieron al grupo y que, animados por la invisibilidad, gritaron imprecaciones al preso:
—¡Linchad al condenado Camorrero! ¡Linchadlo!
Y cuando los guardias metieron a éste en la ComisarÃa, se rieron con burlonas carcajadas. Después de un breve interrogatorio de pura fórmula, hecho por el oficial de guardia, fue trasladado a la celda común. Allà encontró a Baldwin y a otros tres criminales de la noche anterior. Todos habÃan sido detenidos por la tarde, y esperaban comparecer a la mañana siguiente ante el juez.