El Valle del terror
El Valle del terror Ni tampoco tenían motivo para preocuparse, según iba a demostrarlo el resultado del mismo. Ante las pruebas y declaraciones, no había medio de que el magistrado pronunciase la sentencia que habría prometido para que aquel asunto pasase a un tribunal superior. Por otro lado, los cajistas e impresores tuvieron que confesar que la luz era insegura, que ellos se encontraban en aquel momento muy desconcertados y que les resultaba difícil afirmar bajo juramento terminante quiénes eran los asaltantes, aunque creían que el acusado se encontraba entre ellos. Repreguntados por el hábil abogado que McGinty contrató, mostráronse todavía más nebulosos en sus declaraciones. El herido había declarado ya que lo súbito del ataque lo tomó tan de sorpresa, que no podía afirmar otra cosa fuera de que el primero que le golpeó era un hombre que llevaba bigote. Agregó que le constaba que eran Camorreros, puesto que no era posible que nadie en aquella comunidad sintiese animadversión contra él, y porque desde tiempo atrás venía siendo amenazado con motivo de sus valientes editoriales. Por otra parte, las declaraciones concordes y terminantes de seis ciudadanos, incluido el alto funcionario municipal consejero McGinty, demostraron claramente que aquellos hombres habían participado en una partida de cartas en la Casa de la Unión hasta una hora mucho más tardía que aquélla en la que tuvo lugar el asalto. No hará falta decir que los acusados fueron absueltos con palabras que andaban muy cerca de ser una disculpa que el Tribunal les presentaba por las molestias que habían sufrido, y que constituían al propio tiempo una censura implícita para el capitán Marvin y la Policía por su celo oficioso.