El Valle del terror
El Valle del terror —Mira, querida, la cosa no es tan mala como tú te la figuras. Somos nada más que unos hombres pobres que se esfuerzan a su manera por conseguir sus derechos.
Ettie echó sus brazos al cuello de su enamorado.
—¡Renuncia a eso, Jack! ¡Por amor mÃo, por amor de Dios, renuncia! Hoy he venido aquà para pedÃrtelo. ¡Oh Jack, te lo suplico de rodillas! Me arrodillo delante de ti para implorarte que renuncies a ello.
McMurdo la levantó y la acarició, arrimando la cabeza de la joven a su pecho.
—Mira, corazón, que no sabes lo que me estás pidiendo. ¿Cómo puedo renunciar, si eso equivaldrÃa a romper mi juramento y a abandonar a mis camaradas? Si tú supieras mi situación, no me lo pedirÃas nunca. Además, aunque yo lo quisiera, ¿cómo podrÃa hacerlo? No supondrás que la logia consentirÃa que un hombre se largase de ella llevándose todos sus secretos, ¿verdad?
—He pensado en ello, Jack. Lo he dispuesto todo. Mi padre tiene economizado algún dinero. Está cansado de este lugar, en el que nuestras vidas están ensombrecidas por el terror que nos inspira esa gente. Está dispuesto a marcharse. HuirÃamos juntos a Filadelfia o a Nueva York, poblaciones en las que estarÃamos a salvo de ellos.
McMurdo se echó a reÃr.