El Valle del terror
El Valle del terror McDonald sonrió débilmente y me dirigió una mirada suplicante.
—Holmes, su pensamiento se mueve con rapidez un poco excesiva para mÃ. Deja usted fuera uno o dos eslabones, y yo no puedo saltar ese boquete. ¿Qué relación puede existir en todo el ancho mundo entre aquel pintor ya fallecido y este asunto de Birlstone?
—Todos los conocimientos le son útiles al detective —contestó Holmes—. Hasta el detalle insignificante de que el año mil ochocientos sesenta y cinco se pagó una suma no inferior a cuatro mil libras por un cuadro de Greuze titulado La jeune filie á l’agneau en la subasta de Portalis; hasta ese detalle, digo, puede servir de punto de arranque en su imaginación a todo un cortejo de reflexiones.
Fue evidente que sirvió, porque el inspector pareció honradamente interesado.
—Pudiera recordarle que el sueldo del profesor puede comprobarse recurriendo a varios libros seguros de consulta. Es de setecientas libras al año.
—¿Cómo, entonces, pudo comprar…?
—Efectivamente, ¿cómo?
—¡Sà que es cosa notable! —exclamó el inspector, pensativo—. Siga hablando, Holmes. Le estoy tomando gusto. Está muy bien.