El Valle del terror
El Valle del terror Holmes sonrió. Cualquier expresión admirativa sincera era recibida por él con profundo agrado, rasgo caracterÃstico del artista genuino.
—¿Qué me dice de Birlstone? —preguntó.
—Aún nos queda tiempo —dijo el inspector, consultando su reloj—. Tengo un coche esperando a la puerta y no invertiremos más de veinte minutos hasta la estación Victoria, pero, a propósito de ese cuadro, yo creo haberle oÃdo decir, Holmes, que no habÃa hablado usted nunca con el profesor Moriarty.
—Y es cierto.
—¿Cómo, pues, conoce usted sus habitaciones?
—Ése es asunto distinto. Tres veces he estado en ellas; en dos ocasiones estuve esperándole con distintos pretextos y me marché antes que él llegase. Una de las veces…; pero esto no deberÃa yo contarlo a un detective oficial. Fue durante mi última visita cuando me tomé la libertad de registrar sus papeles, con los más sorprendentes resultados.
—¿Descubrió usted alguna cosa comprometedora?
—Nada en absoluto. Eso fue lo que me dejó atónito. Sin embargo, ahora ya conoce usted ese detalle del cuadro. Demuestra que es hombre muy rico. ¿Cómo adquirió su riqueza? Es soltero. Tiene un hermano más joven, que es jefe de estación en el oeste de Inglaterra. Su cátedra le produce setecientas libras al año. Y posee un Greuze.