El Valle del terror
El Valle del terror McMurdo meditó larga y profundamente en el encargo que tan repentinamente habían puesto en sus manos. La casa aislada donde vivía Chester Wilcox hallábase a unos diez kilómetros de distancia, en un valle contiguo. Aquella misma noche emprendió el viaje completamente solo para prepararse a cumplir su misión. Ya había amanecido cuando regresó de su reconocimiento. Al siguiente día se entrevistó con sus dos subordinados. Manders y Reilly, que eran dos mozalbetes temerarios y se mostraban tan alegres como si se tratase de una cacería de ciervos. Dos noches después se reunieron fuera de la ciudad; iban los tres armados, y uno de ellos llevaba un saco lleno de pólvora de la que se emplea en las canteras. Eran las dos de la madrugada para cuando llegaron a la casa solitaria. Hacía una noche de viento, y las nubes en jirones cruzaban rápidas por delante de una luna casi llena. Les habían advertido que tuviesen cuidado con los sabuesos, y por eso avanzaron cautelosamente, con los revólveres en la mano y con los gatillos levantados. Pero no se oyó otro ruido que el gemir del viento, ni se advirtió más movimiento que el de las ramas que se balanceaban por encima de ellos. McMurdo se puso a escuchar a la puerta de la casa solitaria, pero en su interior reinaba un silencio absoluto. Acto continuo arrimó el saco de pólvora a la puerta, abrió en el mismo un agujero con su cuchillo y aplicó la mecha. Cuando estuvo bien encendida, él y sus dos acompañantes se dieron a la fuga, y tuvieron tiempo de ponerse a salvo dentro del cobijo de una zanja antes que se oyese el atronador estrépito de la explosión, seguido del rumor profundo del edificio que se venía abajo, anunciándoles así que habían realizado su obra. En los anales sangrientos de la sociedad no se había realizado ningún trabajo más limpiamente que aquél. Pero ¡ay!, aquel trabajo tan bien organizado y tan atrevidamente concebido había sido del todo inútil. Chester Wilcox, advertido por la suerte que habían corrido las otras víctimas, y sabiendo que estaba condenado a morir, se había trasladado con su familia el mismo día anterior a vivir en lugar más seguro y menos conocido, donde un guardia de Policía cuidaba de ellos. La explosión de la pólvora había derribado una casa desierta, y el adulto sargento abanderado de la guerra seguía enseñando disciplina a los mineros de Iron Dyke.