El Valle del terror
El Valle del terror —Claro que sÃ.
—No puedo olvidar que en una ocasión le descubrà mi corazón, y que usted guardó el secreto, a pesar de que el mismo mandamás vino a preguntárselo.
—¿Qué otra cosa podÃa hacer yo, habiéndose usted confiado a mÃ? Pero eso no significaba que yo estuviese de acuerdo con lo que usted me dijo.
—Lo sé perfectamente. Pero usted es la única persona a la que yo puedo hablar con seguridad. Tengo un secreto aquà dentro —se puso la mano sobre el pecho— y ese secreto me está consumiendo la vida. ¡Ojalá que hubiese llegado a cualquiera de ustedes, antes que a mÃ! Si lo revelo, con seguridad que ello equivaldrá a un asesinato. Si no lo revelo, quizá traiga con ello la ruina de todos nosotros. ¡Que Dios me ayude, porque me trae casi fuera de mÃ!
McMurdo miró con seriedad a aquel hombre, que temblaba en todo su cuerpo. Escanció algo de whisky en un vaso y se lo ofreció, diciendo:
—Ésta es la medicina para algunos de ustedes. Y ahora, venga ese secreto.
Morris bebió y su pálida cara se tiñó de color.
—Se lo puedo manifestar todo con una sola frase —dijo—. Hay un detective dedicado a seguimos la pista.
McMurdo le miró con asombro, y exclamó: