El Valle del terror
El Valle del terror —Sà que lo es, pero no seré yo quien señale al hombre que ha de ser asesinado. Ya no volverÃa a tener sosiego en toda mi vida. Sin embargo, son nuestras cabezas las que están en juego. Por amor de Dios, ¿qué debo hacer? —en las angustias de su indecisión, aquel hombre movÃa el busto a derecha e izquierda.
Pero sus palabras habÃan conmovido profundamente a McMurdo. lira fácil de ver que compartÃa la opinión de su visitante acerca del peligro y de la necesidad de hacerle frente. Agarró a Morris por el hombro y le sacudió lleno de interés.
—Venga acá, hombre; nada ganará con estarse ahà lloriqueando como una viuda en un velorio —gritó, chillando casi, de excitado que estaba—. Vengan los hechos. ¿Quién es el individuo? ¿Dónde se encuentra? ¿Cómo oyó usted hablar de él? ¿Por qué vino a buscarme a m�
—Vine a buscarle a usted porque es el único hombre capaz de aconsejarme. Le dije a usted que yo habÃa tenido un almacén en la región del Este, antes de venir aquÃ. Dejé por aquellas tierras buenos amigos, y uno de ellos está colocado en Telégrafos. He aquà la carta que recibà ayer de él. FÃjese aquÃ, en la parte superior de la carta. Puede leer usted mismo.
Lo que McMurdo leyó fue esto: