El Valle del terror
El Valle del terror —¿De la logia?
—Es bastante probable.
—Se lo preguntaba porque es verosÃmil que haya dado alguna descripción de este tal Edwards el Pajarraco. En ese caso podrÃamos descubrir su pista.
—SÃ, es posible, aunque yo no creo que él lo conozca. Se limita a darme en la carta noticia de que se enteró en el curso de su trabajo. ¿Cómo es posible que él conozca a este hombre Pinkerton?
McMurdo pegó un violento respingo, y exclamó:
—¡Por vida de…, que ya lo tengo! ¡Qué estúpido he sido en no darme cuenta! ¡Y vaya suerte la nuestra! Le arreglaremos las cuentas antes que pueda causamos daño alguno. Bueno, Morris, ¿quiere usted dejar esto en mis manos?
—¡Claro que sÃ, con tal que usted quiera quitarlo de las mÃas!
—Lo haré. Usted se hace por completo a un lado y me deja a mà que lo lleve adelante. No es preciso siquiera que suene su nombre. Yo cargaré con todo, como si esta carta me hubiese sido enviada a mÃ. ¿Le satisface eso?
—Es precisamente lo que yo querÃa pedirle.
—Quedamos, pues, asÃ, y usted no se deje ver para nada. Y ahora me voy a la logia, y ya verá cómo hacemos pronto que ese individuo, Pinkerton, esté pesaroso de haberse metido en esto.