El Valle del terror
El Valle del terror —Iré mañana por la mañana a Patch y daré con él valiéndome del telegrafista. Creo que a éste no le será difÃcil dar con su dirección. Averiguada ésta, me entrevistaré con él y le diré que yo soy uno de esos Hombres Libres. Me ofreceré a entregarle todos los secretos de la logia por una cantidad. Podéis estar seguros de que ahà resbalará. Le diré que tengo los documentos en mi casa, pero que venir él a ella cuando anda la gente por la calle equivale a jugarme la vida. Él comprenderá que eso es de sentido común. Que venga a las ocho de la noche, y entonces se lo mostraré todo. Estoy seguro de que eso bastará para hacerle venir.
—¿Y luego?
—Lo demás pueden planearlo ustedes mismos. La casa de la viuda McNamara está muy retirada. Ella es tan leal como el acero y tan sorda como un poste. En la casa solo vivimos Scanlan y yo. Si le arranco la promesa, y en caso afirmativo os lo haré saber mañana, no tenéis sino ir los siete a mi casa a eso de las nueve. Lo acorralaremos. Y si sale de allà con vida, tendrá razón para ponderar durante el resto de sus dÃas que Edwards el Pajarraco es un hombre de suerte.
—O mucho me equivoco, o está a punto de producirse una vacante en el personal de Pinkerton —dijo McGinty—. Aceptado todo, McMurdo. Mañana a las nueve nos tendrá allÃ. Usted ciérrelo dentro, y deje lo demás de cuenta nuestra.