El Valle del terror
El Valle del terror —Lleva ya aquà algún tiempo, seis semanas por lo menos. Yo creo que él no vino a esta región para contemplar el panorama. Si ha estado entre nosotros todo ese tiempo trabajando respaldado por el dinero de los ferrocarriles, creo que ha debido de conseguir resultados y que se los ha comunicado a ellos.
—En la logia no hay un solo hombre débil —exclamó McGinty—. Firmes como el acero todos ellos. Y, sin embargo, ¡vive Dios!, que tenemos a ese cobardón de Morris. ¿Qué opinas de él? Si alguien se va de la lengua, será él. Estoy por enviar a un par de muchachos antes de la noche para que le den una paliza y vean lo que pueden sacar de él.
—SÃ, no habrÃa ningún mal en ello —contestó McMurdo—. No niego que siento cierta simpatÃa por Morris y que lamentarÃa que se le causase perjuicio. En una o dos ocasiones conversó conmigo sobre asuntos de la logia, y, aunque quizás él no tenga sobre ellos el mismo criterio que usted o que yo, no me produjo, sin embargo, la impresión de ser un chivato. Pero, en fin, yo no tengo por qué interponerme entre usted y él.
—Le voy a arreglar las cuentas a ese mamarracho —dijo McGinty, lanzando un juramento—. Lo tengo entre ceja y ceja desde hace un año.