El Valle del terror

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—Sobre eso sabe usted más que nadie —contestó McMurdo—. Pero lo que haga, tiene que hacerlo mañana, porque tenemos que permanecer agazapados hasta que se acalle el asunto ese de Pinkerton. Si en alguna ocasión no debemos hacer que la Policía se meta a huronear es hoy.

—Eso es cierto —dijo McGinty—. Además, sabremos de la boca misma de Edwards el Pajarraco en qué fuente bebió sus noticias, aunque para ello tengamos antes que arrancarle el corazón. ¿Dio señales de husmear una trampa?

McMurdo se echó a reír, y dijo:

—Creo que lo tomé por su lado flaco. Es hombre que, si logra rastrear una buena pista de los Camorreros, llegará por ella hasta el fin. Recibí su dinero, y me entregará otro tanto más cuando haya examinado los documentos —McMurdo se sonrió con malicia, sacando un paquete de billetes de dólares.

—¿Qué documentos?

—No hay tales documentos. Pero yo le atiborré con constituciones, reglamentos y formularios de solicitud de ingreso. El calcula poder llegar hasta el fondo del asunto antes de marcharse de aquí.

—Ahí sí que tiene razón —dijo McGinty con expresión torva— ¿Y no le preguntó por qué razón no había llevado usted mismo esos documentos?


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