El Valle del terror
El Valle del terror Aquel todo resultó un casi nada desilusionador, aunque fue suficiente para darnos la seguridad de que el caso que tenÃamos ante nosotros era digno de la más atenta investigación del especialista. A medida que escuchaba los escasos, pero extraordinarios detalles, Holmes se frotaba las manos y la expresión de su rostro se iba iluminando. Dejábamos a nuestras espaldas una larga serie de semanas estériles, y se presentaba aquÃ, por fin, un objetivo adecuado para aquellas dotes extraordinarias, que, como toda facultad especial, resultan molestas para su poseedor cuando no las ejercita. La inacción embotaba y ponÃa herrumbroso a aquel cerebro, fino como navaja de afeitar. Cuando escuchaba el toque llamándole al trabajo, los ojos de Sherlock Holmes brillaban, sus mejillas adquirÃan un color más vivo y sus facciones se encendÃan con una luz interior. Con el busto echado hacia adelante dentro del coche, Holmes escuchaba con gran atención el esbozo que hacÃa McDonald del problema que nos esperaba en Sussex. El inspector habÃa adquirido sus informes, según nos dijo, de un relato escrito que le llegó por el tren de la leche, que entra en Londres a primeras horas de la mañana. White Mason, el funcionario local, era amigo personal de McDonald, y por eso éste fue informado con mucha mayor rapidez de lo que es corriente en Scotland Yard cuando se solicita su ayuda desde provincias. Por regla general, el husmillo de la pista está ya muy frÃo para cuando se lanza por ella al especialista londinense.