El Valle del terror
El Valle del terror —Evidente; ni siquiera un niño podrÃa ahogarse ahÃ.
Cruzamos el puente levadizo y fuimos recibidos por un individuo de aspecto raro, enjuto, nudoso. Era el despensero: Ames. El pobre viejo estaba lÃvido y tembloroso por efecto de aquel golpe. El sargento de la aldea, individuo alto, melancólico y formulista, seguÃa montando la guardia en el cuarto del crimen. El médico se habÃa marchado ya.
—¿Hay alguna novedad, sargento Wilson? —preguntó White Mason.
—No, señor.
—Pues entonces puede usted retirarse a casa. Ya es bastante el servicio que ha tenido. Enviaremos a buscarlo si acaso lo necesitamos. SerÃa preferible que el despensero estuviese a nuestra disposición en el exterior. DÃgale que avise a mÃster Cecil Barker, a Douglas y al ama de llaves, que es posible que necesitemos hablar dentro de un rato con ellos. Y ahora, caballeros, quizá me permitan que yo empiece por exponerles mis puntos de vista, y luego podrán ustedes formar los suyos propios.