El Valle del terror
El Valle del terror —No señor.
—Debieron de producirle un gran dolor cuando lo marcaron con ella. Es, sin duda alguna, una quemadura. Escuche, Ames: aquÃ, en el ángulo de la mandÃbula de Douglas, observo un pequeño trozo de tafetán. ¿Se fijó usted si lo tenÃa antes de morir?
—SÃ, señor, lo tenÃa, porque ayer por la mañana se produjo un corte al afeitarse.
—¿Recuerda usted de alguna otra vez que se haya cortado al afeitarse?
—Desde hacÃa muchÃsimo tiempo no le ocurrÃa cosa semejante, señor.
—¡Detalle elocuente! —dijo Holmes—. Puede tratarse de una simple coincidencia o puede indicar cierto estado de nerviosismo, nacido quizá de que preveÃa peligro. ¿Observó usted ayer, Ames, algo extraordinario en su conducta?
—SÃ, me dio la sensación de que se encontraba un poco desasosegado y poseÃdo de inquietud.
—¡Hum! Quizá no le tomó por completo de sorpresa la agresión. Parece que avanzamos un poquitÃn, ¿verdad que sÃ? ¿Por qué no hace usted mismo el interrogatorio, Mac?
—No, Holmes; está en manos mejores que las mÃas.