El Valle del terror
El Valle del terror —Bien, pues; pasemos ahora a esta tarjeta. «V. V. 341». Es de cartón ordinario. ¿Tienen ustedes cartón de esta clase en la casa?
—No lo creo, señor.
Holmes cruzó hasta la mesa-escritorio y echó un poquito de tinta de cada tintero en el papel secante.
—No ha sido escrita en esta habitación —dijo—. Ésta es tinta negra, y la otra, rojiza. Ha sido escrita con una pluma gruesa, y estas de aquí son de punta fina. Sí, yo diría que la escribieron fuera de aquí. ¿Le dice a usted algo la inscripción, Ames?
—No, señor; ¡nada!
—¿Y usted qué piensa, Mac?
—Me produce la impresión de que se trata de alguna clase de sociedad secreta. Y lo mismo digo de la marca del antebrazo.
—También yo opino lo mismo —dijo White Mason.
—Bien, podríamos aceptarlo a manera de hipótesis de trabajo y ver hasta dónde nos lleva en la solución de nuestras dificultades. Un agente de esa sociedad penetra en la casa, espera a Douglas, le vuela casi la cabeza por medio de esta arma y huye vadeando el foso, después de dejar junto al cadáver una tarjeta que, cuando este detalle aparezca en los periódicos, anunciará a los restantes miembros de la sociedad que se ha llevado a cabo la venganza. Todo eso concuerda bien, pero ¿por qué con esta arma precisamente?