El Valle del terror
El Valle del terror —Exacto.
—¿Y por qué ha desaparecido el anillo?
—Precisamente.
—¿Y por qué no ha sido detenido? Son ya más de las dos. Yo doy por supuesto que desde el amanecer del dÃa de hoy todos los guardias de PolicÃa de ochenta kilómetros a la redonda andan a la caza de un forastero con las ropas húmedas.
—Asà es, mÃster Holmes.
—Pues bien: como no tenga por aquà cerca una madriguera o una muda de ropa a mano, serÃa difÃcil que no hubiesen dado con él. Y, sin embargo, nadie lo ha visto hasta ahora —Holmes se habÃa acercado a la ventana y estaba examinando con su lente de aumento la huella de sangre del marco—. Se trata, con toda evidencia, de la huella de un pie. De un pie anchÃsimo, de un pie plano, estarÃa por decir. Es curioso, porque por lo que uno puede distinguir de huella de pies en este rincón manchado de barro, se dirÃa que se trata de una suela mejor conformada; aunque, a decir verdad, éstas son huellas bastante borrosas. ¿Qué hay debajo de esa mesa?
—Las pesas de gimnasia de mÃster Douglas —dijo Ames.
—Querrá usted decir la pesa, porque no hay más que una sola. ¿Dónde está la otra?
—No lo sé, mÃster Holmes. Quizá sólo hubiese una. Hace meses que no habÃa reparado en ellas.