El Valle del terror
El Valle del terror —Una pesa de gimnasia… —dijo Holmes con gran seriedad.
Pero sus meditaciones fueron interrumpidas por una brusca llamada la puerta. Un hombre alto, quemado del sol, de aspecto inteligente, completamente afeitado, nos miraba desde el umbral. Adiviné sin dificultad que se trataba de Cecil Barker, del que me habÃan hablado. Su mirada dominadora saltó rápidamente de una cara a otra como una interrogación. Luego dijo:
—Lamento interrumpir su consulta, pero es preciso que sepan la última noticia.
—¿Una detención?
—No hemos tenido tanta suerte. Lo que han encontrado es su bicicleta. Vengan y véanla. Está a menos de cien metros de la puerta del vestÃbulo.
Nos encontramos con tres o cuatro lacayos y desocupados que examinaban en la avenida de carruajes una bicicleta que habÃa sido sacada de entre un matorral de siemprevivas donde estaba oculta. Era una Rudge-Witworth muy usada y llena de barro, como si hubiese hecho un viaje muy largo. En el maletÃn del asiento habÃa una llave de tuerca y una lata de aceite, pero ningún indicio acerca de su propietario.