El Valle del terror

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—Bueno, caballeros, me parece que ustedes se limitan, después de todo, a cumplir con lo que es una evidente obligación suya y que yo no tengo derecho a obstaculizar. Lo único que querría pedirles es que no molesten a mistress Douglas en este asunto, porque es ya bastante la carga que pesa sobre ella en este momento. Puedo decirles que el pobre Douglas sólo tenía una falta, y que ésa eran sus celos. A mí me quería mucho; no ha habido ningún amigo que quisiese más a otro amigo. También apreciaba abnegadamente a su esposa. Le gustaba que yo viniese a esta casa, y no dejaba de pedírmelo. Sin embargo, cuando nos veía a su esposa y a mí hablando juntos o descubría entre nosotros alguna simpatía, acometíale algo así como una oleada de celos, perdía el control y largaba instantáneamente las frases más desaforadas. En más de una ocasión juré por ese motivo no volver por aquí, pero él entonces me escribía muy arrepentido cartas en las que me suplicaba que viniese. Pero pueden creerme, caballeros, y se lo digo como si se tratase de mis últimas palabras, que no hubo jamás hombre que haya tenido una mujer más enamorada y fiel, y también que ningún amigo ha podido ser más leal que yo.

Dijo todo aquello con verdadero fervor y emoción, pero el inspector McDonald no se resignó a dejar el tema, y dijo:

—¿Sabe usted que al cadáver le ha sido quitado del dedo su anillo de compromiso matrimonial?


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