El Valle del terror
El Valle del terror El inspector McDonald habÃa enviado al piso superior una nota escrita anunciando que visitarÃa a mistress Douglas en su cuarto, pero ella le contestó que hablarÃa con nosotros en el comedor. Entró. Era una mujer alta y bella, de treinta años, reservada y segura de sà misma y muy diferente de la figura trágica y afligida que yo me habÃa imaginado. Es cierto que su rostro estaba pálido y cansado, como el de una persona que ha sido vÃctima de una gran desgracia, pero sus maneras eran serenas, y la mano, finamente modelada, que descansaba en el borde de la mesa, estaba tan tranquila como la mÃa. Sus ojos, tristes y suplicantes, iban de uno a otro de nosotros con expresión curiosamente inquisitiva. Esa mirada interrogadora se transformó de pronto en palabras tajantes.
—¿Han descubierto ya ustedes algo?
¿Fue mi imaginación la que creyó descubrir en la pregunta un subtono de temor más bien que de esperanza?
—Hemos dado todos los pasos posibles, mistress Douglas —dijo el inspector—. Puede tener usted la seguridad de que nada se descuidará.
—Gasten todo lo que haya que gastar —dijo ella con voz apagada y monótona—. Deseo que se lleven a cabo todos los esfuerzos imaginables.
—Quizá pueda usted decimos algo que sirva para arrojar luz sobre el problema.