Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »—¡No, no puedo! —respondà irritado—. ¡Ya he sido demasiado generoso contigo en cuestiones de dinero!
»—Has sido muy amable —dijo él—, pero necesito ese dinero, o jamás podré volver a asomar la cara por el club.
»—¡Pues me parece estupendo! —exclamé yo.
»—SÃ, papá, pero no querrás que quede deshonrado —dijo—. No podrÃa soportar la deshonra. Tengo que reunir ese dinero como sea, y si tú no me lo das, tendré que recurrir a otros medios.
»Yo me sentÃa indignado, porque era la tercera vez que me pedÃa dinero en un mes.
»—¡No recibirás de mà ni medio penique! —grité, y él me hizo una reverencia y salió de mi cuarto sin decir una palabra más.
»Después de que se fuera, abrà mi escritorio, comprobé que el tesoro seguÃa a salvo y lo volvà a cerrar con llave. Luego hice una ronda por la casa para verificar que todo estaba seguro. Es una tarea que suelo delegar en Mary, pero aquella noche me pareció mejor realizarla yo mismo. Al bajar las escaleras encontré a Mary junto a la ventana del vestÃbulo, que cerró y aseguró al acercarme yo.