Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Nosotros estamos aburridos y cansados ya de pagar nuestras deudas a ese blanco, que es hijo del rajá Laut. Ese hombre blanco (¡ojalá pudiera ser profanada y violada la tumba de su madre!) no se contenta con tener en sus manos nuestras vidas y haciendas. Y ahora, no satisfecho con eso, quiere nuestra muerte. Él comercia con los dyaks y otras gentes de los bosques, que son más impuros que el cerdo, y les compra sus productos, mientras nosotros nos morimos de hambre. Hace dos dÃas solamente fui a ver a su representante en Sambir y le dije cortésmente, pues asà tenemos que hablarles a esos hijos del diablo: «Tuan Almayer, tengo tales y cuáles mercancÃas para vender. ¿Quiere usted comprármelas?». Y él me contestó rudamente, sin la menor cortesÃa, pues ésta no la conocen esos hombres blancos, más inmundos que los perros. Me dijo con el mismo tono con que se habla a un esclavo: «Amigo Daoud, es usted un hombre feliz… AsÃ, ¿tiene usted algunas mercancÃas para vender? ¡Perfectamente! Pues ahora me las traerá en seguida como pago de la anualidad que me debe». Y el muy perro sonrió y aún tuvo el valor de darme unas palmaditas en la espalda. ¡Malditos sean él y toda su descendencia!