El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Contra esta firme e inamovible visión moral, apoyada sobre tan evidentes argumentos prácticos, no hubo apelación posible. Desde ese momento, cesaron una vez más los alaridos en el bosque, así como los disparos, estando concentradas todas las miradas, tanto amigas como enemigas, sobre la penosa condición en la que se encontraba el infortunado que se balanceaba entre cielo y tierra. Su cuerpo estaba expuesto a los golpes del viento, y aunque no pronunció el más mínimo gemido ni estertor, hubo momentos en los que miró hacia sus enemigos con expresión taciturna, marcada por una ansiedad contenida que, a pesar de la distancia entre ellos, podía distinguirse en sus facciones fibrosas. En tres ocasiones llegó a elevar su carabina el explorador, a punto de dejarse llevar por la compasión, y otras tantas la volvió a bajar, recobrando el sentido pragmático de la prudencia. Al cabo de un rato, el hurón soltó un brazo, que por agotamiento cayó insensible hacia su costado. Tras esto, hubo un desesperado pero inútil intento de volver a agarrarse a la rama, y acto seguido se vio cómo el salvaje soltaba la rama definitivamente, ya que la ráfaga luminosa del arma de Ojo de halcón acabó fulminantemente con su sufrimiento. Una contracción repentina de sus piernas, seguida por la caída de la cabeza sobre el pecho, fue lo que rápidamente aconteció antes de que el cuerpo del infeliz cayera como el plomo en las espumosas aguas del río, en cuyas corrientes se sumergió y fue arrastrado, perdiéndose todo vestigio de él para siempre.


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