El último de los Mohicanos

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El explorador asintió con la cabeza, aunque parecía querer evitar una conversación sobre algo que se le hacía doloroso. Duncan, presa de la impaciencia, comenzó a proponer varias estrategias con el objeto de rescatar a las hermanas. Munro parecía haberse librado de su apatía, prestando atención a los descabellados planes del joven con un entusiasmo que parecía impropio de su experiencia y sus canas. El explorador, por otro lado, logró convencerle del error que supondría precipitarse en un asunto que requería pensar fríamente y actuar con templanza.

—Será mejor —añadió—, que dejemos que este hombre regrese a las viviendas de los nativos y comunique a las damas que estamos cerca, quedándose allí hasta que le demos la señal para ponemos de nuevo en contacto. ¿Sabe distinguir entre el canto de un cuervo y el de un mirlo, amigo?

—Se trata de un ave de canto agradable —le contestó David—, cuya musicalidad es a la vez suave y melancólica, aunque algo fuera de tono.

—Puede que se refiera al de otra ave —dijo el explorador—. Bien, pues ya que le agrada tanto su silbato, utilícelo como señal. Recuerde entonces que, cuando oiga el canto de un mirlo tres veces seguidas, ha de adentrarse en los arbustos desde los que parece provenir el sonido.


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