Atrevida apuesta
Atrevida apuesta Juan Carlos dio un sorbo a su copa y, tras una breve pausa, añadió: —Cien monedas a que puedo acabar con ese noviazgo antes de que termine la semana.
El grupo estalló en risas, aunque uno de ellos se atrevió a preguntar: —¿Y cómo piensas hacerlo?
Juan Carlos sonrió con una confianza calculada. —Conozco bien a hombres como Luis. Un poco de verdad mezclada con mentira y el resto se desploma solo.
Al otro lado del salón, Rosa María y Luis conversaban. Por primera vez en mucho tiempo, Rosa María se sentía cómoda. Luis era amable, atento, y no parecía importarle que ella no perteneciera a la alta sociedad.
—Es usted fascinante, Rosa María —dijo Luis, mirándola a los ojos—. En un mundo lleno de artificio, su sinceridad es un soplo de aire fresco.
Ella sonrió, un poco avergonzada, pero también emocionada. —Eso es muy amable de su parte, señor Minareli.
Luis estaba a punto de responder cuando una figura interrumpió la conversación. Era Juan Carlos, con una sonrisa que solo Rosa María podía interpretar como falsa.
—Luis, no sabía que habías caído bajo el hechizo de mi querida huésped —dijo con un tono que parecía afable, pero que escondía veneno.
