Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo El Polyborus chimango es mucho más pequeño que la especie precedente. Es un ave verdaderamente omnívora, come de todo, hasta pan, y me han asegurado que en Chiloé devasta los campos de patatas, arrancando los tubérculos que se acaban de plantar. De todos los comedores de carroña, éste es el último que abandona el cadáver de un animal; muy a menudo he tenido ocasión de verlo en el interior del costillar de un caballo o de una vaca. Se hubiera dicho que era un pájaro en una jaula. El Polyborus Novae Zelandiae es otra especie muy común en las islas Falkland. Estas aves se parecen a los caranchos en todos los aspectos. Se alimentan de cadáveres y de animales marinos; en las peñas de Ramírez, incluso deben conseguir todo su alimento del mar. En extremo atrevidas, frecuentan los alrededores de las casas para apoderarse de todo cuanto se arroje al exterior de ellas. Así que un cazador da muerte a un animal, se reúnen a su alrededor en gran número para precipitarse sobre aquello que el hombre pueda abandonar y esperan pacientemente, durante horas si es necesario. En cuanto están saciadas, su desnudo buche se hincha, lo que les da un aspecto repugnante. Suelen atacar a las aves heridas; un cuervo marino herido que se había dirigido a la costa para descansar, fue inmediatamente rodeado por muchas de esas aves, que acabaron de matarlo a picotazos. El Beagle no ha visitado las islas Falkland más que durante el verano, pero los oficiales del navío Aventure, que han pasado un invierno en estas islas, me han citado muchos y extraordinarios ejemplos de la audacia y rapacidad de esas aves. Una vez se atrevieron a atacar a un perro que dormía a los pies de uno de los oficiales; otra vez, yendo de caza, hubo que disputarles los gansos que acababan de ser muertos. Se asegura que, reunidas en bandadas (en este aspecto se parecen a los caranchos), se sitúan a la entrada de una madriguera y se precipitan sobre el conejo así que sale de ella. Mientras que el navío se hallaba en el puerto, constantemente venían a visitarle y era precisa una vigilancia continua para impedirles que desgarrasen los trozos de cuero que había en las jarcias o que se llevaran los cuartos de carne o la caza colgados a popa. Esas aves son muy curiosas y sólo por eso muy desagradables también; se apoderan de todo lo que pueda hallarse en el suelo; transportaron a una milla de distancia un gran sombrero de tela encerada, y se llevaron también un par de boleadoras muy pesadas de esas que se usan para apoderarse del ganado vacuno. Mr. Usborne sufrió durante una excursión una pérdida más sensible, porque esas aves le robaron una pequeña brújula de Kater, encerrada en un estuche de tafilete rojo, y jamás pudo recuperarla. Muy agresivas, experimentan terribles accesos de cólera durante los cuales arrancan el césped a picotazos. No puede decirse que vivan verdaderamente en sociedad; no se ciernen y su vuelo es pesado y torpe; en tierra corren muy de prisa y su marcha se parece mucho a la de los faisanes. Muy ruidosas, lanzan muchos y diversos gritos agudos; uno de ellos semeja el de la grulla inglesa, y por eso los pescadores de focas le han dado también el nombre de grulla. Circunstancia curiosa; cuando lanzan su grito, echan hacia atrás la cabeza, exactamente como el carancho. Construyen sus nidos en las costas escarpadas, pero solamente en los pequeños islotes cercanos a ellas; jamás los sitúan en tierra firme o en las dos islas principales; singular precaución para un pájaro tan poco salvaje y tan audaz. Los marinos dicen que la carne de esas aves, cocida, es muy blanca y constituye un excelente manjar; pero verdaderamente hace falta mucho valor para tragar un solo bocado de ella.