El Principito
El Principito Me puse en pie de un salto como herido por un rayo. Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un extraordinario muchachito que me miraba gravemente. Ahà tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos encantador que el modelo. Pero no es mÃa la culpa. Las personas mayores me desanimaron de mi carrera de pintor a la edad de seis años y no habÃa aprendido a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.
Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de admiración. No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecÃa ni perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o de miedo. No tenÃa en absoluto la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin, articular palabra, le dije:
—Pero… ¿qué haces tú por aqu�
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy importante:
—¡Por favor… pÃntame un cordero!