El Principito
El Principito Dirigà la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a una persona en menos de treinta segundos, se erguÃa en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena como un surtidor que muere y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero ruido metálico.
Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.
—¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?
Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecà las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentà latir su corazón, como el de un pajarillo que muere a tiros de carabina.
—Me alegra —dijo el principito— que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Asà podrás volver a tu tierra…
—¿Cómo lo sabes?
Precisamente venÃa a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, habÃa logrado terminar mi trabajo.
No respondió a mi pregunta, sino que añadió:
—También yo vuelvo hoy a mi planeta…
Luego, con melancolÃa: