Piloto de guerra
Piloto de guerra He dejado, al virar, un sol polar exageradamente rojo. Ante mí, a cinco o seis kilómetros por debajo, veo un banco de nubes de frente rectilínea. Toda una parte de Francia está enterrada en su sombra. Arras está en su sombra. Me imagino que bajo mi banco de nubes todo es negruzco. Se trata del vientre de una gran sopera en donde la guerra bulle lentamente. Embotellamientos de carreteras, incendios, materiales dispersos, ciudades aplastadas, barullo, inmenso barullo. Se agitan en el absurdo, bajo su nube, como cochinillas bajo sus piedras.
Este descenso se parece a una ruina. Tendremos que chapotear en su barro. Volvemos a una especie de barbarie deteriorada. ¡Todo se descompone allí abajo! Somos semejantes a unos viajeros ricos que, habiendo vivido durante mucho tiempo en países de coral y de palmeras, vuelven una vez arruinados, a compartir, en la mediocridad natal, los platos grasientos de una familia avara, el agridulce de las querellas intestinas, los ujieres, el desagrado de las preocupaciones monetarias, las falsas esperanzas, los desahucios vergonzosos, las arrogancias del hotelero, la miseria y la muerte maloliente en el hospital. ¡Por lo menos aquí la muerte es limpia! Una muerte de hielo y de fuego. De sol, de cielo, de hielo y de fuego. Pero, allá abajo, ¡ser digeridos por la arcilla!