Piloto de guerra
Piloto de guerra Vuelo, pues, por encima de carreteras renegridas por el interminable jarabe que no acaba de circular. Dicen que evacĂșan las poblaciones. Ya eso no es cierto. Se evacĂșan ellas mismas. Hay una locura contagiosa en este Ă©xodo. Pues ÂżadĂłnde van esos vagabundos? Se ponen en marcha hacia el Sur como si allĂĄ abajo hubiera alojamientos y alimentos, como si hubiera ternura para acogerlos. Pero en el Sur no hay mĂĄs que ciudades llenas a reventar, en donde se duerme en los hangares y en donde las provisiones se terminan. En donde los mĂĄs generosos se vuelven agresivos a causa de lo absurdo de esta invasiĂłn que, poco a poco, con la lentitud de un rĂo de barro, se los traga. ÂĄUna sola provincia no puede ni albergar ni mantener a toda Francia!
ÂżAdĂłnde van? ÂĄNo lo saben! Marchan hacia escalas fantasmas, pues apenas esta caravana aborda un oasis, ya no hay oasis. Cada oasis se resquebraja a su vez y a su vez se vierte en la caravana. Y si la caravana aborda un verdadero pueblo que parece vivir aĂșn, agota, desde la primera noche, toda la sustancia, Lo limpian como los gusanos limpian un hueso.
El enemigo progresa mĂĄs rĂĄpido que el Ă©xodo. Coches blindados atraviesan en ciertos puntos el rĂo, que entonces se atasca y refluye. Hay divisiones alemanas que chapotean en este caldo, y se da la sorprendente paradoja de que, en algunos puntos, aquellos mismos que mataban en otro lugar, dan de beber.