Piloto de guerra

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Acantonamos, en el transcurso de la retirada, en una decena de pueblos sucesivos. Nos metimos entre la turba lenta que lentamente atravesaba aquellos pueblos:

—¿Adónde va usted?

—No se sabe.

Nunca sabĂ­an nada. Nadie sabĂ­a nada. Evacuaban. NingĂșn refugio estaba ya disponible. NingĂșn camino estaba ya practicable. Evacuaban asimismo. En el Norte, habĂ­an dado un gran puntapiĂ© al hormiguero, y las hormigas se marchaban. Laboriosamente. Sin pĂĄnico. Sin esperanza. Sin desesperanza. Como por deber.

—¿QuiĂ©n les ha dado orden de evacuar?

Siempre era el alcalde, el maestro o el adjunto del alcalde. Una mañana a eso de las tres, la consigna había de pronto trastornado el pueblo:

—EvacĂșan.

Ya lo esperaban. Hacía quince días que veían pasar refugiados y renunciaban a creer en la eternidad de sus casas. El hombre, sin embargo, hacía ya tiempo que había dejado de ser nómada. Construía pueblos que duraban siglos. Pulía muebles que servían para sus tataranietos. La casa familiar los recibía al nacer y los transportaba hasta la muerte. Luego, como un buen navio, de una ribera a la otra, hacía a su vez pasar a su hijo. ¥Pero se acabó el habitar! ¥Ahora a marchar, sin siquiera saber por qué!


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