Piloto de guerra

Piloto de guerra

XVI

¡Qué pesada es nuestra experiencia de la carretera! Nuestra misión a veces consiste en echar una ojeada, durante una misma mañana, sobre Alsacia, Bélgica, Holanda, el Norte de Francia y el mar. Pero la mayoría de nuestros problemas son terrestres y nuestro horizonte, las más de las veces, se achica hasta limitarse al embotellamiento de un callejón. Así, hace apenas tres días, hemos visto resquebrajarse, Dutertre y yo, el pueblo en que vivíamos.

Ya no me desharé nunca sin duda de este pegajoso recuerdo. Dutertre y yo, hacia las seis de la mañana, tropezamos, al salir de casa, con un desorden inexpresable. Todos los garajes, todos los hangares, todas las granjas han vomitado en las calles estrechas los trastos más dispares, los coches nuevos y los viejos carros que desde hace cincuenta años dormían por prescripción en el polvo, las carretas de heno y los camiones, los ómnibus y los volquetes. ¡Si uno buscara bien, llegaría a encontrar en esta feria hasta diligencias! Todas las cajas montadas sobre ruedas son desenterradas. Se vacían las casas de sus tesoros. Y se los acarrea hacia los carruajes, hechos un revoltijo, en sábanas agujereadas como por hernias. Y ya no se parecen a nada.


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