Piloto de guerra
Piloto de guerra —Cuidado con el agua. Su radiador pierde como un cesto…
—¡Ah! el coche no es nuevo…
—¡NecesitarÃa usted andar ocho dÃas!… ¿cómo puede usted hacerlo?
—No sé…
Antes de diez kilómetros ya habrá chocado con tres coches, habrá agarrotado su embrague, se habrán reventado los neumáticos. Entonces ella, la cuñada y los siete niños empezarán a llorar. Entonces ella, la cuñada y los siete niños, sometidos a problemas que están por encima de sus fuerzas, renunciarán a decidir cualquier cosa que sea y se sentarán al borde de la carretera, para esperar a un pastor. Pero los pastores…
¡Hay una carencia absoluta de pastores! Asistimos Dutertre y yo a las iniciativas de los corderos. Y esos corderos se van en una formidable algazara de material mecánico. Tres mil pistones. Seis mil válvulas. Todo ese material rechina, raspa y choca. El agua hierve en algún radiador. Asà es como empieza a ponerse en marcha, laboriosamente, esta caravana condenada. Esta caravana sin piezas de recambio, sin neumáticos, sin nafta, sin mecánicos. ¡Qué demencia!
—¿No podrÃa usted quedarse en su casa?
—¡Ah, claro que preferirÃa una quedarse en casa!
—¡Entonces!, ¿por qué marchar?